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Junta Central Electoral deposita ofrenda floral por Mes de la Patria

Junta Central Electoral deposita ofrenda floral por Mes de la Patria

Palabras del Doctor Roberto Rosario Márquez, Presidente de la Junta Central Electoral, en el Altar de la Patria.

Autor: Daniel Joseph/Tuesday, February 10, 2015/Categorías: Pleno JCE, Dirección de Comunicaciones

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Señoras y señores:

La Comisión de Nacional de Efemérides Patrias, gentilmente nos asignó este día para en el mes de la patria cumplir con este deber y obligación moral, de reverenciar a los padres de nuestra nacionalidad.

Una vez más nos encontramos en este simbólico lugar, haciendo lo que cada dominicano debe hacer todos los días… rendir honor al conjunto de hombres y mujeres que unificaron la visión del futuro y tuvieron la gallardía en su presente, para legarnos una patria, y a través de ella, una de las manifestaciones más elevada de la dignidad humana.

Una característica común a la familia cristiana, es acudir a los lugares donde descansan los restos de sus seres queridos, para reencontrarnos con ellos, en monólogo reflexivo, que suele tener como punto referencial el pretérito, cuando esos muertos estaban vivos. 

Quienes han vivido esa experiencia saben, que cuando se trata de antepasados, la reflexión implica un balance respecto a las acciones necesarias para corresponder adecuadamente a las proyecciones sobre el futuro que cimentaron los sueños de generaciones anteriores.

El mes dedicado a la patria es propicio para estos encuentros reflexivos con los forjadores de nuestra nacionalidad jurídica, entre los cuales, obviamente, se destaca el dominicano cuyo pensamiento incólume sigue siendo la luz más resplandeciente en el camino hacia la sociedad soñada por los Trinitarios.

Desde su regreso del exilio, el 15 de marzo de 1844, Juan Pablo Duarte asumió la lucha ideológica contra los pesimistas e incrédulos respecto al potencial de los dominicanos para perpetuar su libertad. Esa capacidad visionaria le indujo a escribir, en el proyecto de Constitución redactada por él, en el artículo 17º: “Debiendo ser la Nación dominicana (…) siempre libre e independiente, no es ni podrá ser jamás parte integrante de ninguna otra Nación, ni patrimonio de familia ni de persona alguna propia y mucho menos extraña”.

Con esa sentencia, Duarte sembró con las palabras la semilla que germinaría con Gregorio Luperón, Rafael Polanco, y otros que debieron combatir con las armas; las pretensiones anexionistas, y de quienes se mantuvieron adecuándose a cada coyuntura histórica.

Superadas con gallardía las epopeyas bélicas donde el pueblo dominicano, combatiendo en muchas ocasiones con desventaja militar, supo imponerse a los enemigos de su independencia; nos corresponde continuar el ejemplo de los Trinitarios en otro campo de batalla, pues aunque han cambiado las condiciones, persisten las diferencias entre el postulado duartiano y a las convicciones de sus perseguidores.

La dinámica alcanzada por la sociedad dominicana en sus 171 años de existencia como nación autónoma, las contradicciones principales observadas en el accionar del liderazgo político, y la agresión a nuestra soberanía jurídica hecha por potencias a través de organismos internacionales parcializados; son factores que nos imponen una gran responsabilidad histórica, la cual es necesario asumir con entereza, si queremos seguir ostentando el mérito de hijos de Duarte.

El artículo 6º del proyecto de Constitución elaborado por Duarte, dice que “(…) la Ley Suprema del Pueblo dominicano es y será siempre su existencia política como Nación libre e independiente de toda dominación, protectora, intervención e influencia extranjera…). Subrayamos la palabra “influencia”, porque la misma nos arroja luz respecto a la profundidad y amplitud de las convicciones independentistas de los Trinitarios, que trascendían lo meramente físico y territorial. Ellos aspiraban una soberanía total, donde las decisiones inherentes a nuestro pueblo, entre ellas las referidas a la nacionalidad, fueran tomadas por los Poderes legalmente constituidos, al margen de presiones foráneas. Así lo plasmó Duarte en el artículo 3º, al referirse a los tratados internacionales.

Para diferenciar las corrientes ideológicas respecto al proyecto de nación, Duarte dijo:

“Ahora bien, si me pronuncié dominicano independiente, desde el 16 de julio de 1838, cuando los nombres de Patria, Libertad, Honor Nacional se hallaban proscriptos como palabras infames, y por ello merecí, en el año de 1843, ser perseguido a muerte por esa facción entonces haitiana, y por Riviére que la protegía, y a quien engañaron; si después, en el año de 1844 me pronuncié contra el Protectorado francés, decidido por esos facciosos, y cesión a esta Potencia de la Península de Samaná, mereciendo por ello todos los males que sobre mí han llovido; si después de veinte años de ausencia he vuelto espontáneamente a mi Patria a protestar con las armas en la mano contra la anexión a España llevada a cabo a despecho del voto nacional por la superchería de ese bando traidor y parricida, no es de esperarse que yo deje de protestar, y conmigo todo buen dominicano, cual protesto y protestaré siempre, no digo tan sólo contra la anexión de mi Patria a los Estados Unidos, sino a cualquiera otra potencia de la Tierra, y al mismo tiempo contra cualquier tratado que tienda a menoscabar en lo más mínimo nuestra Independencia Nacional y a cercenar nuestro territorio o cualquiera de los derechos del pueblo dominicano”.

Frente al acoso a los Trinitarios: persecución, destierro y fusilamientos; los dominicanos de la Primera República sellaron lo que sería la mística de nuestro pueblo para con sus héroes y mártires; dispensándoles en todo momento el reconocimiento y respeto merecidos. El paradigma más cercano al trabucazo independentista del 27 de febrero de 1844, lo encontramos en el Grito de Capotillo, el 16 de agosto de 1863, donde un grupo de inmortales inició la gesta que dio al traste con la traición anexionista.

En 1916, cuando la soberanía fue mancillada por tropas estadounidenses, también hubo hombres y mujeres que lucharon con las letras y con las armas. La manifestación más elevada de resistencia violenta, la encontramos en los que despectivamente fueron llamados “Gavilleros del Este”, calificativo con el cual sus creadores pretendieron desvirtuar ante la historia su hazaña heroica.

Más reciente, pero inspirada en el legado de los Trinitarios, el pueblo dominicano dio al mundo uno de los ejemplos más hermosos de compromiso con la libertad y amor a la soberanía, cuando el 28 de abril de 1965, el ejército más poderoso del mundo pisó el suelo patrio, con la intención de ahogar en sangre la sed de democracia latente, después de treinta años de férrea dictadura.

El 15 y el 16 de junio de 1965, dirigidos por el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, los combatientes constitucionalistas de Ciudad Nueva sellaron con patriotismo indeleble, el capítulo más glorioso de la resistencia digna. A partir de entonces, junio tiene tres días gloriosos: el 14, que nos recuerda a la Raza Inmortal que en 1959 ofrendó su sangre generosa, el 15 y el 16.

En estos momentos, la lucha por la independencia se expresa de manera distinta, en escenarios nacionales e internacionales, pero con una misma finalidad: garantizar el sueño y sacrificio de los Trinitarios, de “no descender a la tumba sin dejar a mi patria libre, independiente y triunfante”.

Estos tiempos requieren que cada uno de nosotros, sin importar el lugar en que nos encontremos, fortalezcamos los valores democráticos, los principios de igualdad, equidad y justicia social; los elementos que forman parte de la identidad nacional, la identidad cultural, el arte culinario, nuestros orígenes como mulatos y mestizos, la solidaridad innata, la religión, en fin…

Que fortalezcamos las diversas instituciones que crea la Constitución de la República, y que defendamos nuestra Constitución, en el entendido de que ésta representa el alma nacional. Es lo que nos unifica y nos distingue, nos hace iguales en la Constelación de naciones independientes, democráticas; y nos hace diferentes a la vez.

Con nuestras diversas formas de expresión de la dominicanidad, debemos, en consecuencia, defender y proteger la Constitución, colocarla por encima de nosotros, ya que, solo a través de ella, podemos garantizar las aspiraciones y apetencias de la colectividad dominicana.

La Constitución es un compromiso de nación, un pacto social; es el muro que quieren derribar aquellos a los que el patricio llamó enemigos de la patria; por tanto, preservarla es un sagrado compromiso de las presentes y futuras generaciones, para conservar nuestra existencia como nación.

¡Buenos días!


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